El mejor amigo de España

Bonello España Malta

El portero de Malta, John Bonello

“Señor y Víctor. Víctor. Oh. Ha caído. Señor. Señoooor. ¡Gooooooooooooooool! ¡Gooool de Señor! ¡Gol de Señor! ¡El número 12!”. ¿Les suena? Es el 12 a 1 de España a Malta. Retransmitido por José Ángel de la Casa. Aquella goleada y su grito forman parte de la memoria sentimental de este país. Pero el partido tuvo otros dos ilustres protagonistas: Juan Antonio Señor -Señor para los restos-, que marcó el gol que clasificó a España para la Eurocopa de 1984. Y John Bonello: el malogrado portero que lo recibió. Ése y otros 12 tantos. Solo que el último, de Gordillo, no subió al marcador por fuera de juego. Junto a Iniesta, Bonello es una de las personas más queridas en España por razones obvias y por su buen humor; ya lo verán. Y nuestro ilustre perdedor de esta semana.

Una gesta imposible

Aquella gesta se antojaba imposible. En 1983, la selección española se jugaba la clasificación para la Eurocopa de Francia del año siguiente con Holanda, líder del grupo siete. Estábamos a dos puntos y había que ganar a Malta -nuestro último rival- por una diferencia de 11 goles a favor. En el partido de ida les habíamos doblegado por 2 a 3. Y de milagro. Para colmo, llovía en Sevilla. Y se habían vendido, solo, 25.000 entradas para asistir al estadio Benito Villamarín. Es decir, nadie daba un duro por España. Sí que es verdad que el campo se acabó llenando. Pero en un principio esto es lo que había: muy poquita fe. ¿Qué se podía hacer entonces para aliviar un poco la situación? Fácil. Putearles no ser buenos anfitriones con la selección maltesa.

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Stallone, un potro en apuros

Sylvester Stallone

Sylvester Stallone / AP

No. No me he vuelto loco. El actor Sylvester Stallone fue un ilustre perdedor en sus inicios. Más aún: hay quien dice que fue rechazado unas 1.500 veces como intérprete antes de convertirse en toda una estrella de Hollywood. Como para no figurar aquí, ¿no les parece? Y eso después de haber hecho una película porno erótica para costearse las clases de arte dramático. A mí desde luego me fastidiaría. Pero empecemos por el principio. Por esa forma de hablar tan característica de Stallone. Lo han adivinado: en este post vamos a hablar también del actor Santiago Urrialde; el hermano desaparecido de Rambo. Y de Han Solo, no les digo más.

“No siento las piernas”

Si son de aquí, de España, recordarán que a mediados de los 90 surgió un late show llamado Esta noche cruzamos el Mississippi. Lo presentaba el periodista Pepe Navarro y acabó siendo devorado -el programa, no él- por otro late night que puede que les suene algo más: Crónicas marcianas. Hay dos aspectos, sin embargo, que conviene resaltar del espacio de Navarro: marcó tendencia; para bien y para mal. Y creó -con el permiso de Caiga quien caiga la figura del reportero cabrón dicharachero en nuestro país. Santiago Urrialde colaboraba en ese programa y volvía locos a los transeúntes. Aunque se le recuerda sobre todo por perseguir a Stallone. ¿Se acuerdan de la coletilla de no siento las piernas? En 1995 era el equivalente actual al ola, ke ase? Pero esta gracia nació de dos errores: uno médico y el otro, cinematográfico.

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Oscar al mejor guionista olvidado

Roger Avary Pulp Fiction

El guionista Roger Avary / Los Angeles Times

Hoy toca hablar de cine. Pero antes, un juego. Contiene la “p”. ¿Película de los noventa que catapultó a Tarantino a la fama? En efecto, Pulp Fiction. Se han ganado ustedes mi admiración. Y muy probablemente un puñetazo. Del protagonista de nuestra historia. Si me aceptan un consejo es mejor que no le mencionen el nombre de Quentin Tarantino a Roger Avary. Si se lo encuentran y lo hacen es muy posible que se irrite. Tiene sus razones, no se crean. ¿Que quién es este señor? Pues el coguionista de Pulp Fiction (1994). Aunque en los créditos finales de esta cinta figure que fue escrita y dirigida únicamente por Tarantino. Su exmejor amigo por razones obvias.

Dos frikis en un videoclub de California

Quentin Tarantino Roger Avary Pulp Fiction

Captura del final de la película de ‘Pulp Fiction’

Para entender su estrecha relación hay que remontarse unos años atrás. En 1985, nuestro ilustre protagonista trabajaba en el videoclub Video Archives de Manhattan Beach (California). Había un chaval de 22 años que todas, todas las tardes se dejaba caer por ahí. Y le alquilaba una o varias película además de quedarse hablando un buen rato con él. El joven Quentin era uno de sus mejores clientes. Tarantino estaba en ese momento de cazatalentos en la industria aeronáutica  -no me pregunten cómo ni por qué- y buena parte de su sueldo acababa siempre en la caja registradora de ese videoclub. Tanto él como Avary eran dos frikis de tomo y lomo: podían pasarse, ya les digo, horas y horas recordando escenas y diálogos. Había entre ellos cierto pique por ver quién de los dos era más cinéfilo. Casi siempre ganaba Tarantino, que por aquella época ya era un tipo obsesivo. Así, no es de extrañar que cuando quedó vacante un puesto para trabajar en el Video Archives, Avary recomendara al futuro director de Reservoir Dogs como un dependiente más que sobrado para el cargo. Para entonces se habían hecho inseparables.

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El soldado más leal de la historia

Hiroo Onoda

Hiroo Onoda en la isla de Lubang, en marzo de 1974 / AP

El 15 de agosto de 1945, los japoneses escuchaban por la radio la noticia de que su país se había rendido y que la Segunda Guerra Mundial había acabado también para ellos. A comienzos de ese mes, EE UU había lanzado sobre Hiroshima y Nagasaki (oeste y sudoeste) sus dos bombas atómicas; bautizadas como little boy y fat man. Murieron cerca de 275.000 nipones. Pero el subteniente japonés Hiroo Onoda,  de 23 años, no se creyó absolutamente nada. Para entonces llevaba cerca de ocho meses perdido en la isla de Lubang, en Filipinas. Su única misión era evitar que el territorio cayese en manos del enemigo. No podía rendirse ni suicidarse. Así que cuando empezaron a llover octavillas explicando que la guerra había acabado, pensó que se trataba de una trampa. No salió de su error hasta 29 años después. Gracias a un explorador que estaba buscando al Yeti.

“La guerra terminó el 15 de agosto de 1945. ¡Bajen de las montañas!”

El subteniente Onoda no estuvo solo en su aventura. Le acompañaron otros tres descreídos: el soldado Yuichi Akatsu, el cabo Shoichi Shimada, y el soldado de primera clase Kinshichi Kozuka. En octubre de ese año, alguien debió acordarse de que había cuatro soldados japoneses vagando sin necesidad alguna por una isla de Filipinas. Así, dos meses después de la rendición de Japón, les cayó una octavilla que decía: “La guerra terminó el 15 de agosto de 1945. ¡Bajen de las montañas!”. Nuestro ilustre protagonista -y jefe de la expedición- consideró que aquello era propaganda falsa del enemigo y convenció a los suyos de que siguieran con la misión. Hubo más avisos. Del general Tomoyuki Yamashita ordenando que se entregaran. Y hasta cartas y fotos de sus familiares que les lanzaron desde un avión. Pero él erre que erre. Y a todo esto, Europa, mientras, trazando las nuevas fronteras y con otro lío: la Guerra Fría.

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